miércoles, 25 de febrero de 2009

Persiguiendo al pasado - capítulo 3

Maegan se pasó toda la tarde y parte de la noche leyendo el diario de su madre, en el que se contaban tanto su infancia como su romance con Harlech y huída de ambos bajo la apariencia de mercaderes. Brottör, el padre de Rûrik era un soldado de la guardia que había conocido a Harlech en la taberna y que le permitía entrar en palacio por saber que estaba loco por la niña elfa, aparte del hecho de que le debía un favor: le había pagado la deuda del bar.

La historia encandiló rápidamente a Maegan, no solo por la belleza con la que había sido escrita, sin por el evidente hecho de que lo había escrito su madre, pues tenía su letra y estaba repleto de expresiones que ella solía utilizar.

Gracias a este diario, descubrió que pertenecía a una rama de la familia real del cosmopolita reino de Bendekar. Lo que le llevaba a pensar que sus abuelos seguían con vida, ya que no había oído nada relacionado con la muerte de algún miembro de la realeza en el reino de Bendekar.

Milenios atrás, el reino había pertenecido a los elfos, y había sido gobernado por un solo rey. Pero con el paso de las eras, los humanos se habían ganado un hueco a pulso. Ahora el reino estaba gobernado por diferentes familias de elfos y de humanos, y los patriarcas de todas se hacían llamar reyes.

En ninguna parte del diario se decía el nombre de la familia de la que venía Maegan, pero era cuestión de investigar.

Se durmió leyendo, abrazada al diario.

Por la mañana, Rûrik llamó a la puerta:
- Maegan, ¿estás ahí?
Todavía medio dormida:
- Si, ¿que quieres?
- Es la primera vez que me levanto yo antes que tú desde que eras una niña pequeña, ¿estás enferma?
- No, salgo ahora, Dame unos minutos.
- Te espero en el claro en el que entrenamos ayer.

Media hora más tarde, Maegan llega al claro y ve a Rûrik durmiendo sobre un tocón de árbol. Se acerca sigilosamente. Y le coloca la espada de madera por una ranura del gorjal de la armadura.
- Mueres, gané.
En ese momento Rûrik abre los ojos, con una expresión confiada dibujada en la cara.
- Te equivocas, tengo una gorguera metálica bajo el gorjal, y una daga en tu vientre.
En ese momento, Maegan siente el golpe en el vientre, a la altura de la vejiga, de una daga roma de madera.
- Recuerda, Maegan. Acércate siempre por un lado desde el que veas todos sus movimientos y el lo tenga difícil para reaccionar, y si puedes, no te acerques demasiado.
- Siempre tienes un as en la manga, algún día te cogeré desprevenido.
- Algún día, si, algún día, je je je. Venga, entrenemos. Hoy te voy a enseñar algo de espada y escudo, pero con escudo pesado, no el que hemos usado últimamente.
- Vale- dice algo desanimada –empecemos.

Caminan hacia unos arbustos en los que guardan las armas de madera que talló Rûrik, y destapan toda esa colección de armas de entrenamiento. Entre ellas se encuentran: lanzas, espadas cortas y largas, dagas, martillos, hachas, escudos pequeños y, a diferencia del día anterior: Escudos pesados. Todos los objetos allí apilados estaban cubiertos de runas enanas.

- Me pregunto como te las ingenias para tallar en tan poco tiempo las armas que me vas a enseñar a utilizar, y para dejarlas tan bonitas.
- Pues ya ves, habilidad enana.

Sin mediar ninguna otra palabra, se pusieron a entrenar.

- Dime Maegan, ¿en que piensas?
- ¿Qué?- dice ella algo despistada –en nada, ¿Por qué lo dices?
- Normalmente te cubres antes, ahora estás en las musarañas y te cuesta ver los golpes, cuando te das cuenta de por donde va a ir el golpe te intentas cubrir, pero estoy tan cerca que podría abalanzarme sobre ti y aplastarte bajo mi peso. Tienes que estar atenta y representar siempre una amenaza para que no me pueda acercar demasiado, sino, te ganaré por simple masa corporal.
- Vale, estaré atenta.

Siguieron entrenando unos minutos, pero la falta de concentración de Maegan era evidente. Rûrik comenzó a bajar la guardia a propósito, para ver si ella se centraba al ver la posibilidad de impactarle, pero no. Aquel no era día para entrenar.

- ¿Me vas a decir lo que te pasa o te vas a hacer la dura pese a las evidencias?
- No me pasa nada, simplemente… tengo muchas cosas en la cabeza. ¿Te importa si lo dejamos por hoy? Tengo muchas cosas en las que pensar.
- Lárgate, y más te vale que el motivo por el que descuidas tu entrenamiento no sea un chico. Por que como sea eso, ¡Le corto las ganas de estar contigo!

sábado, 14 de febrero de 2009

Vorox - Prefacio

Me llamo Graax’xt, y esta es la historia de mi vida.


No soy humano, ni lo querría ser.

Nací en un bello planeta al que los humanos llamaron “Vorox”. Mi especie dominaba el planeta, pues no había ninguna criatura capaz de arrebatarnos el puesto en la escala alimenticia.

Cuando los humanos se adentraron en nuestro planeta, nos dieron el mismo nombre, nos llamaron “Vorox”, realmente creo que es una tontería, pues en el planeta viven más especies.

Primero nos temieron, pues los superábamos en estatura, en peso, en fuerza y en resistencia, y solíamos ser tan ágiles como ellos, sino más.
Para que os hagáis una idea, según sus medidas (que tardé varios años en aprender) estamos entre los 8 y los 10 pies de altura. Y de peso estamos entre las 400 y las 650 libras. Pero no por ello somos lentos, al menos no más que ellos, eso los asustaba.

Pero quizás, y solo quizás, lo que más temiesen fuese el par de extremidades adicionales que tenemos en comparación a sus pequeños y frágiles cuerpos.
O las garras venenosas en que terminaba cada unos de nuestros dedos.

Mis antepasados intentaron entablar contacto pacífico, pues no teníamos por costumbre exterminar a cada ser que nos cruzásemos. Pero ellos, al vernos, nos atacaron sin pensarlo.
Rechazamos el primer ataque, y no volveremos a cometer el error de acercarnos pacíficamente a desconocidos, ahora es una de las primeras lecciones que los ancianos enseñan a los cachorros.

Al principio de la guerra los cazábamos nosotros a ellos, pues eran intrusos en nuestro planeta.
Era fácil, no sabían moverse bien por el bosque, nosotros si.

Luego comenzaron a lanzar ellos los ataques, buscaban nuestras pieles, nuestras garras, y una cosa más, la gloria de poder decir que habían matado a un Vorox. Y nos llamaban bestias salvajes a nosotros.

Después comprendieron una cosa que fue la mayor perdición para nuestra especie, y es que somos tan buenos combatientes, que en vez de cómo un deporte, la gente nos prefería como esclavos. Pero es imposible domesticar a un Vorox. Así que decidieron capturarnos de pequeños, para educarnos desde el principio a su manera.
Las cacerías que se libraron en esos tiempos todavía se usan para atemorizar a los cachorros rebeldes.
Éramos los reyes de nuestro mundo, lo dominábamos, pero lo hacíamos de manera justa y natural, matábamos para alimentarnos, y por territorio para vivir, nada más.

Pero ellos llegaban, aparecían de la nada, mataban a los adultos, y se llevaban a las crías. Lo único que dejaban era un bosque en llamas.

Pasaron muchos años hasta que se prohibió la caza y tráfico de los de mi especie, pero eso solo sirvió para reducir levemente el número de ataques.
Pues los humanos no respetan ni sus propias reglas.

Nuestra cultura y tecnología siempre fue extremadamente primitiva comparada con la de ellos. Pero no necesitábamos nada más de lo que ya teníamos.
Mientras que ellos usaban armaduras de cerámica, de plásticos especiales, etc. Nosotros nos conformábamos con una simple prenda de cuero. Cómoda, sencilla y práctica, que no estorbase el movimiento.

Ellos usaban vehículos voladores de gran velocidad, nosotros corríamos.

Ellos utilizaban rifles láser, nosotros lanzas.

Nos superaban en tecnología y armamento, en táctica y efectivos.

Nosotros teníamos un perfecto conocimiento de la zona y la desesperación del lobo acorralado, lo que nos hacía más peligrosos.


Fueron años sangrientos seguidos de años de esclavitud, en los que ellos hicieron con mi raza lo que les dio la gana. Espero que algún día, tengamos la oportunidad de vengarnos

viernes, 2 de enero de 2009

Julian - capitulo 3

Despertó relajado, como si le hubiesen dado un masaje mientras dormía. Tan relajado que pensó que habría dormido innumerables horas.
Cuando se incorporó y abrió los ojos, una luz tenue y un suave olor a incienso lo recibieron. Al ver la choza que lo envolvía recordó donde estaba, y se le tensó el cuerpo. Se puso en pie y dio un par de pasos hacia la salida, cuando estaba apunto de salir una voz ruda y tosca le dijo:
- Mejor sería que te cambiases, bajo la cama hay ropa limpia.
- Si- contestó otra voz, esta vez melodiosa aunque fuerte -mejor será que te pongas algo cómodo.
Julian retrocedió hasta la cama, miró debajo y, efectivamente una muda le esperaba en el sitio indicado,
Era una ropa cómoda, que no rascaba ni hacía cosquillas, que es lo que solía ocurrir con toda la ropa que tenía él en su casa, y esta era de su talla. Al salir vio con asombro que los dos guardias estaban en la misma postura exacta en la que se encontraban la noche anterior antes de ir a dormir.
El semiorco le miro y le dijo:
- Aguijón te espera en el bosque, a ras de suelo, puedes bajar por esa escala de ahí al fondo.
- Gracias.
Descendió por la cuerda, con mucho cuidado, pues era una altura considerable. Al llegar abajo miró en todas direcciones, pero no vio a Aguijón.
Busco y rebuscó, pero no lo vio.
Cuando se disponía a subir de nuevo escuchó en su cabeza:
- ¿No vas a seguir buscándome? Que aburrido eres para jugar al escondite.
Julian sonrió, y se puso a rebuscar. Arbustos, plantas y recovecos no eran rival para el. Pero seguía sin verlo. Se quedó quieto y aguzó el oído, pero tampoco así lo localizaba.
Comenzó a enfadarse, ¿Cómo podía ser que no lo encontrase?
Entonces apareció. Salió de la nada, mirándole, y le dijo:
- Tenemos que subir.
- ¡Te encontré!
- Ya han decidido que van a hacer contigo.
Julian se quedo de piedra. Tenía miedo de nuevo.
Subió por la escalera de cuerda, viendo como Aguijón ascendía suavemente revoloteando alrededor del tronco de un árbol. Realmente no quería subir, no quería saber que habían decidido hacer con el. Solo quería olvidarse de todo y seguir jugando, olvidar la muerte de su hermano, olvidar todo lo que había pasado y volver a su casa, con su hermana y seguir trabajando la tierra con su padre, pues pese a todo, lo quería.
Arriba lo esperaba Aguijón, Julian intentó descifrar algo en su cara, pero no entendía los rasgos faciales dracónicos.
- Sígueme.
- No quiero irme, no quiero estar solo.
- Tranquilo Julian, no creo que te echen, son buena gente.
Julian no entendía por qué le caía tan bien Aguijón, lo acababa de conocer, y casi no habían hablado, pero lo veía como a un amigo.

Aguijón lo guió al árbol grande, por el que había subido la primera vez, solo que esta vez no había que subir ni bajar escaleras, aguijón lo guió hasta un rincón, y caminó decidido hacia la pared de madera, pero no chocó, lo que a simple vista era una pared, estaba siendo atravesado como el aire. Julian, sorprendido, se detuvo. Miró fijamente la susodicha pared, intentando ver a través de ella, ver ondulaciones, etc. Nada, no consiguió ver nada que demostrase que la pared se pudiese atravesar.
Se acerco lentamente, estiró el brazo para tocar la madera, pero antes de que la alcanzase con los dedos la madera, la cabeza de Aguijón apareció y le dijo, por primera vez con su propia voz y no por telepatía:
- ¿Piensas entrar algún día?
- ¿Hablas?
- Si, y tu tienes que entrar, si te da miedo cruzar el umbral cierra los ojos, pero apura.
Julian, sorprendido de la voz chillona con la que le habló Aguijón, dudó unos segundos más, y cruzó.
No cerró los ojos, pero tensó todo el cuerpo. No sabia lo que le esperaba al otro lado ni lo que sentiría al cruzar, pero no se quedaría quieto como un bobo mirando la pared.
Fue una sensación extraña, como si durante unos instantes la gravedad dejase de hacer efecto sobre su cuerpo, como si, por un momento, todas las penas hubiesen desaparecido, fueron unas décimas de segundo en las que todo dejó de existir, las preocupaciones, las emociones, los deseos y los temores, todo, todo desapareció por un momento.
Cuando se quiso dar cuenta, todo había vuelto a su sitio, los pensamientos le daban vueltas intentando organizarse para comprenderse, la gravedad volvió a tirar de el hacia abajo, y los temores volvieron a formar una presa férrea sobre su alma.
Era una sala completamente de madera, no parecía haber sido “hecha”, más bien daba la impresión de que el árbol había nacido así, ni siquiera tenia una forma definible. No era cuadrada ni rectangular, pocas paredes había que fuesen rectas, pero tampoco era redonda o ovalada. Simplemente no tenia ninguna forma excepto que el suelo era perfectamente liso y sin inclinaciones. No había ventanas, tampoco fuentes de luz definibles, simplemente estaba bien iluminada por un brillo tenue que salía de las paredes y no dañaba la vista.
Un hombre anciano esperaba sentado en el medio de la sala, el taburete sobre el que estaba sentado tampoco había sido fabricado, ni siquiera estaba separado del suelo, sino que más bien nacía de el.
Aunque era un Anciano de aspecto aparentemente humano, una primera visual le demostró a Julian que no era así. La piel del anciano era más parecida a la corteza de una planta que a piel normal y corriente, sus ojos eran oscuros en su totalidad, la barba que tenia estaba formada por ramitas espinosas, como las de un rosal, pero de un marrón claro. Vestía un traje de hojas y de su cinturón pendía una espada de madera negra, que tenía espinas por todas partes menos en la empuñadura y parecía que cada espina segregaba una savia de la misma negrura que el arma.
El anciano se levantó, miró a Julian, alzó las manos, y dijo con una voz profunda, que parecía salir de una caverna:
- YO CONVOCO AL CONSEJO. VENID, COMPAÑEROS, UNA VEZ MÁS A ESTA TIERRA DE DEBATE EN LA QUE SE TOMAN DECISIONES QUE CAMBIAN ÉPOCAS Y DECIDEN DESTINOS.
En cuanto terminó de hablar, apareció saliendo de la pared Myrdivar, con una toga marrón y un bastón de madera lleno de nudos. Se quedo a unos pasos de la pared por la que llegó, y comenzó a agacharse, como si se fuese a sentar en una silla, la cual creció al momento desde el suelo de madera.
Por otro lado llegó un enano de barba dorada y ropas enjoyadas, el taburete ya apareció antes de que pareciese que se iba a sentar. Julian se fijo en que los taburetes salían con el tamaño adecuado a quien se fuese a sentar en el, y se amoldaban a las posaderas como si la madera tuviese un cojín de paja encima. El enano se sentó
Mientras todo esto sucedía, Aguijón, alzaba el vuelo dentro de la sala, posándose en un pilar de madera que surgió para él en el momento adecuado.
De un tramo de pared opuesto a donde saliera el enano surgió una criatura que Julian nunca hubiese creído que llegaría a ver: un unicornio.
Era de un blanco puro y brillante que a veces parecía casi plateado, tenia unas crines tan abundantes, largas y espesas que parecía una melena leonina, de su mandíbula descendía una barba que le faltaba poco para arrastrarse por el suelo, sus ojos, de un violeta intenso se clavaron en Julian, y se desviaron tras repasarlo con la mirada.
El unicornio desprendía un aura de bondad que hacía sentirse seguro a todo el que se acercase con buenas intenciones.
El suelo donde se hallaba se moldeó hasta convertirse en un camastro con una forma perfecta para acomodar a cualquier equino.
El siguiente en entrar fue una elfa de aproximadamente un metro ochenta y algo, con un corsé lila lleno de hebillas y remaches, que se unía a unas hombreras metálicas, las cuales estaban unidas a unos guanteletes por unas mangas de malla. Unas botas de cuero endurecido con unas grebas metálicas por encima cubrían sus piernas.
La mujer irradiaba un aura parecida a la del unicornio, solo que de esta elfa también llegaba un aura de poderío y amenaza que denotaba que había nacido para la guerra, y que siempre estaría dispuesta a ella.
Para ella no se levantó un taburete ni una silla, se alzó un trono acorde con su aspecto: imponente.

El anciano se puso en pie y habló:
- Os he vuelto a llamar para estéis presentes en este momento en el que “el niño del alma rota” sabrá lo que va a ser de el. También por que aun se está a tiempo de cambiar la decisión. ¿Alguno de vosotros tiene algo que añadir a todo lo hablado?
Nadie dijo nada, simplemente negaron con la cabeza.
- Bueno, entonces ha llegado el momento. ¡Julian!, ¡ven aquí!
Julian se acercó lentamente, aguantando las ganas de salir corriendo. Cuando estuvo cerca del anciano, este alzó una mano en signo de que debía pararse.
- Hemos decidido que eres un peligro para todo lo que nos rodea, incluido tu mismo, no podemos permitir que eso ocurra. Por eso hemos decidido que te quedarás aquí varios años, te enseñaremos, te educaremos, te entrenaremos para el combate, te enseñaremos a combatir el mal… y a no caer en el.
Entonces se fueron levantando todos los que estaban en la sala, presentándose.
- Yo soy Myrdivar, gran druida del bosque Monzore, te enseñaré a moverte por la naturaleza sin molestarla, para que ella no te moleste a ti, seré, más que nada, tu guía moral.
- Yo soy Gothroryus, y aunque lo parezca, no soy un enano, soy un dragón de oro, te educaré y te enseñaré a conseguir todo lo que quieras en una biblioteca, te mostraré como averiguar los secretos de los objetos mágicos y, con ayuda del Protector, te enseñaré a canalizar esa energía que posees.
- Mi nombre es Maidel, soy una Ghaele, la casta más poderosa de todos los Eladrines, somos guerreros celestiales que combatimos al mal allá donde surja, y eso es lo que te enseñaré, el arte de la guerra.
- Yo soy Déruwin, señor de los unicornios del bosque de Monzore. Yo no te enseñaré nada, de mi aprenderás lo que veas y consideres digno de recordar, pues con el ejemplo es con lo que mejor se enseña.
- Yo soy Bheilorveilthión, mi tarea será acompañarte siempre, responder a tus dudas, mantenerte a salvo de lo que no comprendas y guiarte por los caminos. Y si me lo permites, seré tu amigo.
- Por último estoy yo, me conocen como "El Protector", y dudo que sea necesario algún otro nombre. Responderé a tus dudas, y tu a las mías, te enseñaré todo lo que esté en mi mano, estaré a tu lado siempre que lo necesites, como haría un padre con su hijo, pues ahora, Julian, somos tu familia.

lunes, 1 de diciembre de 2008

Persiguiendo al pasado - capítulo 2

Maegan y Rûrik se llevaban bien, pues ambos eran jóvenes y gustaban de la buena comida, del senderismo y de una buena historia a la luz de una fogata.
El era muy estricto con su forma de actuar y ver la vida (como muchos otros de su raza) y ella actuaba cual colibrí, yendo de una flor a otra según le convenía (como casi toda su ascendencia materna).
Pese a sus diferencias corporales, raciales, ideológicas y políticas, les encantaba quedar para charlar, pasear o entrenar juntos. Como ella era ágil, el podía entrenar intentando golpearla, y a cambio el le enseñaba maniobras básicas de combate y a manejar las armas. Por el momento ella estaba utilizando una armadura de cuero, pues era lógico empezar por las ligeras, pero pronto Rûrik le iba a enseñar con armaduras mas pesadas y aparatosas para que supiese moverse bien con todas.
Evidentemente, las más pesadas no iban a serle útiles, pues entorpecían gravemente la agilidad de sus usuarios, la cual era una de las mayores virtudes de Maegan.
En diversas ocasiones, Rûrik se había extrañado de sucesos puntales ocurridos durante el entrenamiento, como en una ocasión que la espada de Maegan se había cubierto de escarcha en pleno mediodía. En una ocasión, años atrás, Brow la había encontrado leyendo el diario de su madre, al principio no se había preocupado, pues el viejo libro estaba protegido mediante magia para que no pudiese ser leído por cualquiera, pero cuando aquella pequeña Maegan le había preguntado quienes eran aquellos hombres de los que trataba el cuento, el se lo había quitado y le había dicho que era un cuento para mayores, que se lo enseñaría cuando hubiese demostrado su valía a todos los de la caravana, siendo capaz de dirigirla como la habían llevado sus padres.

Lo que Maegan no sabía era que aquel cuento repleto de humanos y elfos malos era la historia de sus padres, y que si había podido leerlo era por las aptitudes mágicas que había heredado de su madre.


Maegan ya era una chica casi adulta según los parámetros de los semielfos, y sabía manejar todas las armas que se les enseñaba a manejar a los guerreros y las mismas armaduras que los mismos portaban. Cada día que pasaba eran más evidentes sus aptitudes arcanas.
Brow la llamó, le pidió que se reuniese con el. Era una tarde soleada. Ni una nube surcaba el cielo. Los pájaros demostraban sus aptitudes musicales en los árboles, compitiendo entre ellos para ver cual tenía un piar más bello.
Cuando ella subió a la carreta en la que Brow viajaba, el se giró desde la cama para poder mirarla a la cara, y le pidió a la mujer que se encargaba de que el anciano no sufriese desavenencias con la vida ni problemas con los baches que se bajara y se tomase un descanso, que iba a estar bien cuidado.
- Hola Maegan.
- Hola Brow, ¿me habías llamado?
- Si, quería hablar contigo, por que creo que ya va siendo hora de que te cuente la verdadera historia de tus padres.
- ¿Mis padres? ¿Qué pasa con ellos?
- Tu padre era un espía de un reino, y tu madre la hija del rey de otro reino.
- ¿Hija del rey? ¿Me estás diciendo que soy una princesa?
- No exactamente, tu madre huyó del reino y fue desheredada. Y por lo que yo sé, al desheredarla a ella, toda su descendencia queda desheredada también.
Unos segundos de silencio interrumpen bruscamente la conversación.
- ¿Por que huyó del reino?
- No lo se, nunca quería hablar del tema, y yo lo respetaba.
- Pero… ¿por que querría dejar la vida de princesa? No lo entiendo.
- Digamos que no le gustaba el futuro que le esperaba allí y decidió huir con tu padre. Del cual estaba perdidamente enamorada.
- Como en un cuento, en el que huyen creyendo en el amor por encima de las responsabilidades. Es una historia que nunca funciona, pero de ilusión también se vive.
- Parece mentira que digas eso, teniendo en cuenta que tus padres consiguieron hacer realidad esa historia. Toma, este es el diario de tu madre, de pequeña conseguiste leerlo, malo será que ahora no lo logres descifrar de nuevo. Cuando lo leas lo entenderás todo.

martes, 25 de noviembre de 2008

Persiguiendo al pasado - capítulo 1

Los elfos, al igual que todas las razas, tienen a menudo disputas por el poder. Disputas que llevan a los implicados a situaciones tales que algunos son capaces de realizar los más depravados actos: Desde los tratos con poderes oscuros y malignos, hasta el fratricidio.
En esta historia que hoy cuento una gran heroína surgirá de una gran desgracia.
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Maegan era una joven mestiza, de padre humano y madre elfa. Se había criado entre nómadas, y estaba acostumbrada a caminar y soportar las penurias del camino. Cuando tenía recién cumplidas las 9 primaveras, la caravana nómada con la que se había criado fue atacada por unos bandidos, unos bandidos muy bien organizados y entrenados que junto con un buen equipo masacraron la caravana. Unos pocos niños acompañados por sus madres lograron huir hasta una cueva cercana. Junto con ellos llevaron a Brow, el anciano estratega, antiguo guerrero de la compañía y afamado cuentacuentos. Harlech, el padre de Maegan, la montó en su caballo y lo puso a cabalgar de un golpe en los cuartos traseros. Ella no pudo hacer otra cosa que agarrarse fuerte para no caerse. Después de dejar atrás a los pocos bandidos que iniciaron la persecución, el animal relajo la marcha.
Aunque no había ningún motivo para ello, el animal dio la vuelta y volvió al lugar donde se había detenido la caravana.
Maegan siempre tendrá pesadillas con la escena que vio al llegar a su hogar ambulante. Nueve supervivientes de cincuenta y cuatro nómadas: un joven enano, un anciano, tres mujeres y cuatro niños. Maegan hacia la décima superviviente.

Han pasado varios años desde la masacre. Pero no los suficientes como para olvidar lo ocurrido.
La caravana vuelve a tener gente suficiente como para poder transportar las mercancías con las que comerciar y ganar para comer. No suelen tener demasiado oro por que decidieron pagar a un pequeño grupo de mercenarios que los protegiesen, pues todos los luchadores de la compañía habían muerto en el ataque. Pero en todos estos años no fueron atacados por nadie, al menos nadie tan organizado como aquellos bandidos.

En los últimos tiempos se habían dedicado a viajar por todo el mundo, parando lo mínimo posible en sitios donde hubiese fama de robos a mercaderes… siempre que paraban a vender o comprar mercancías en lugares así, enviaban a un par de personas de incógnito. Al principio iba el anciano acompañado de una mujer o de algún recién llegado para enseñarles como hacer en todas las situaciones, pues como anciano que era no iba a vivir eternamente.

Cuando Maegan alcanzó los 15 años se la empezó a llevar a ella a las compras. Cuatro años después Brow enfermo gravemente. Su cuerpo ya no estaba para trotes, pero no podía mandar sola a Maegan.

El joven enano, llamado Rûrik Toorüm se ofreció a ayudarla. Brow, sorprendido, le preguntó que motivo hacía que un enano quisiese arriesgar la vida por una semielfa. Rûrik se puso en pie, alzo la frente y dijo orgulloso: "Sus padres salvaron la vida del mío sin pedirle nada a cambio. He presenciado el nacimiento de esta niña, su crecimiento, sus problemas por ser mestiza… y he presenciado como mi padre no fue capaz de proteger a los suyos en el momento que fue necesario… saldaré la deuda de mi padre. (Hinca una rodilla ante Maegan y baja la frente) Por favor, acepta mis servicios como guardaespaldas y permíteme acompañarte en tus viajes. No permitiré que os ocurra nada, lo juro por mi barba".